De entrada, me declaro admirador de Marcelo Bielsa. Quien vive el fútbol con la intensidad que yo, no podría ubicarse en una trinchera distinta. Porque, en el fondo, nos parecemos. Ambos le dedicamos, desde la diferencia de nuestras funciones, buena parte de nuestras vidas al deporte más popular en el mundo. Y perseguimos el mismo objetivo: que el fútbol crezca hasta el límite de sus posibilidades.
Pero hay distancia entre eso y considerarme "viuda" del rosarino. Que reconozca que, desde su paso por el fútbol chileno, el juego de nuestra Selección evolucionó y que la seriedad de su trabajo obligó a la adaptación de nuestros jugadores a su rígido sistema, no significó que, tras su partida, tuviera que salir a la calle vestido de luto. Ni que creyera en la muerte instantánea de la actividad que más me apasiona.
Hay que establecer, en principio, que Marcelo Bielsa se fue sin que lo echaran. Puedo compartir, incluso, los principios que motivaron su alejamiento. Desde la lealtad a quien lo trajo -Harold Mayne-Nicholls- hasta la diferencia ética, profesional y hasta política con quienes, eventualmente, pudieron ser sus patrones. Pero, así y todo, el "Loco" se fue porque quiso. En último caso, porque ya no se sentía cómodo, quería cambiar de aires y es tan bueno en su trabajo que hasta pudo elegir su nueva pega entre un abanico de posibilidades, cada una más onerosa que la otra. Un sueño para cualquiera de nosotros.
Desde el día en que partió, Bielsa pasó a ser, para mí, el "ex entrenador de la Selección chilena" y, días después, "el técnico del Athletic de Bilbao". Como amante del buen fútbol, veo los partidos del equipo vasco cada vez que puedo y hay algunos, como el de hoy ante el Manchester United, que dan material para una clase. Pero los triunfos del trasandino ya me resultan ajenos. No se me ocurriría ir a pararme a la Plaza Italia con una bandera albirroja. De seguro, estaría haciendo el "loco".
De la misma forma, llego a entender la molestia de Claudio Borghi. Porque, tras cada éxito de Bielsa, todos lo apuntan casi como si fuera el causante de su salida de Juan Pinto Durán. Y los responsables son otros y, hoy, están en La Moneda: Sebastián Piñera y Gabriel Ruiz-Tagle. Ellos -y algunos otros- fueron quienes, en 2009, iniciaron la conspiración para remover a Mayne-Nicholls de la testera de la ANFP. Y, por consiguiente, provocaron la partida del "Cabezón".
Después, las comparaciones de estilo son improcedentes. Incluso las relativas a la conducción grupal. Hay jefes que sacan mejor rendimiento desde el diálogo, la relación fraterna y la confianza mutua. Traspasar el límite de lo tolerable es, siempre, un exceso del subordinado. Y lo expone a sanciones. No olviden que Borghi dictó las suyas. Y contra cinco de sus "regalones".
En el fútbol, cada maestro tiene su libro y, a la luz de los resultados, el modelo del "Bichi" también ha resultado exitoso. Con Colo Colo ganó casi todo y dirigió a un equipo que jugaba a gran nivel. Y, en las Clasificatorias a Brasil 2014 suma seis puntos, dos más que su antecesor a esta misma altura de la competencia. Un dato "duro" y difícil de asimilar para quienes hoy hacen fila en las cajas del INP para cobrar su pensión de "viudez".
Sitio oficial del MOP: Movimiento de Oposición Permanente. Monitoree con confianza.
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jueves, 8 de marzo de 2012
martes, 6 de marzo de 2012
Dividir es debilitar
Cuánto extraño a Jorge González y a Los Prisioneros. En estos tiempos en que hay tanto para decir y muchos motivos para alzar la voz y protestar, que falta nos hace un vocero que, desde la música, aúne nuestras voces y las convierta en clamor popular. La opción del sanmiguelino es la mía. Cada uno puede elegir la que mejor lo represente. Manuel García y Los Bunkers nos refrescaron el alma en el último festival de Viña del Mar, por ejemplo.
A propósito de representatividad, en la Concertación ya dieron la partida a la carrera presidencial. Una competencia extemporánea, considerando que están más cerca las elecciones municipales, quizás el primer parámetro para determinar en qué pie está la debilitada oposición. Al menos la formal, porque la que integramos los millones que no estamos inscritos en ningún partido y que, gracias a sus brillantes actuaciones, estamos cada vez más lejos de interesarnos en alguno de ellos, es cada vez más numerosa. Basta revisar el exiguo porcentaje de aprobación al "gobierno de excelencia" de Sebastián Piñera.
Leo con cierta sorpresa que los democratacristianos Claudio Orrego y Ximena Rincón levantaron sus candidaturas y se suman a un escenario en que ya se había instalado el ex ministro de Hacienda, Andrés Velasco. Si se suma a Marco Enríquez-Ominami, quien seguramente mantendrá su aspiración de llegar a La Moneda, y al radical José Antonio Gómez -quien quedó legitimamente con la 'bala pasada' tras la primaria 'a la medida' que perdió frente a Eduardo Frei- se observa un escenario dividido y hasta atomizado, considerando el mínimo respaldo ciudadano que hoy ostenta la colectividad del arcoiris.
Al advertirlo, vuelvo a evocar a González, Narea y Tapia. En "Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos" planteaban una teoría simple, pero certera: "Dividir es debilitar". Y en los tiempos que corren, con la Alianza aprovechando el viento y los millones de los programas de gobierno a favor, Longueira pensando en fichar a Bombo Fica y su "Master Plop" para promover el Sernac Financiero y Golborne cortando cintas como malo de la cabeza, lo que menos conviene es repartir o, peor, pelearse la torta.
Algunos dirán que es un sano ejercicio democrático someterse a la voluntad popular. Puede ser. Pero cuando a priori se observa que varias de las postulaciones carecen de sustentabilidad, es más sano cuadrarse detrás de la que sí la ofrece. Y, hoy, la única que puede pelearle la banda presidencial al candidato que la derecha le ponga enfrente se llama Michelle Bachelet Jeria. El resto, puede seguir participando. Y ponerse a trabajar.
A propósito de representatividad, en la Concertación ya dieron la partida a la carrera presidencial. Una competencia extemporánea, considerando que están más cerca las elecciones municipales, quizás el primer parámetro para determinar en qué pie está la debilitada oposición. Al menos la formal, porque la que integramos los millones que no estamos inscritos en ningún partido y que, gracias a sus brillantes actuaciones, estamos cada vez más lejos de interesarnos en alguno de ellos, es cada vez más numerosa. Basta revisar el exiguo porcentaje de aprobación al "gobierno de excelencia" de Sebastián Piñera.
Leo con cierta sorpresa que los democratacristianos Claudio Orrego y Ximena Rincón levantaron sus candidaturas y se suman a un escenario en que ya se había instalado el ex ministro de Hacienda, Andrés Velasco. Si se suma a Marco Enríquez-Ominami, quien seguramente mantendrá su aspiración de llegar a La Moneda, y al radical José Antonio Gómez -quien quedó legitimamente con la 'bala pasada' tras la primaria 'a la medida' que perdió frente a Eduardo Frei- se observa un escenario dividido y hasta atomizado, considerando el mínimo respaldo ciudadano que hoy ostenta la colectividad del arcoiris.
Al advertirlo, vuelvo a evocar a González, Narea y Tapia. En "Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos" planteaban una teoría simple, pero certera: "Dividir es debilitar". Y en los tiempos que corren, con la Alianza aprovechando el viento y los millones de los programas de gobierno a favor, Longueira pensando en fichar a Bombo Fica y su "Master Plop" para promover el Sernac Financiero y Golborne cortando cintas como malo de la cabeza, lo que menos conviene es repartir o, peor, pelearse la torta.
Algunos dirán que es un sano ejercicio democrático someterse a la voluntad popular. Puede ser. Pero cuando a priori se observa que varias de las postulaciones carecen de sustentabilidad, es más sano cuadrarse detrás de la que sí la ofrece. Y, hoy, la única que puede pelearle la banda presidencial al candidato que la derecha le ponga enfrente se llama Michelle Bachelet Jeria. El resto, puede seguir participando. Y ponerse a trabajar.
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domingo, 18 de diciembre de 2011
¿Qué te hicieron, Colo Colo?
Esta semana debe ser la peor que he pasado desde que soy hincha de Colo Colo. Es decir, desde los casi 33 años que cuenta mi carné de identidad. No es fácil ver perder al equipo de mis amores ni menos soportar la soberbia del archirrival dedicándome en la cara la obtención de su primer título internacional que, si bien no se compara con nuestra Copa Libertadores, tampoco deja de ser meritoria: el 2006, si la ganábamos, la íbamos a celebrar igual. Aunque, claro, un poco menos que el histórico logro encabezado por Mirko Jozic, Jaime Pizarro, el "Loro" Morón, el "Chano" Garrido, Raúl Ormeño, Rubén Martínez y Marcelo Barticciotto.
Empiezan a surgir, espontáneamente, algunos de los nombres que forjaron la identidad del colocolino. Por supuesto que hay más: desde David Arellano y el "Tigre" Sorrel hasta el "Chamaco" Valdés y el "Chino" Caszely. Desde el "Gringo" Neff hasta el "Cóndor" Rojas y el "Gato" Osbén. Cómo olvidar, por cierto, al curicano Luis Hernán Alvarez, mi entrenador en una escuela de fútbol del club, y el goleador histórico en un Campeonato Nacional con sus 37 conquistas. Todos nombres que escribieron, a punta de goles, identidad, títulos y amor por la camiseta, una historia gloriosa.
Que lejos parecen esos tiempos. Y no lo son tanto. Si era en la década pasada cuando al Monumental se podía entrar como quien iba a su casa. Cuando ser socio -aún guardo mi carné con el número 57.755, que dejé de pagar cuando Peter Dragicevic y el 'Guatón Vergara postularon a la directiva, por lo que me jacto de ser visionario- era importante y la cuota apenas sobrepasaba los tres mil pesos. Cuando la entrada a galería costaba mil quinientos pesos y se organizaban grandes celebraciones para los que estábamos registrados y, cada fin de año, nos mandaban una tarjeta de Navidad. Cuando las entradas para los partidos históricos se compraban después de una larga fila en nuestra sede de Cienfuegos 41 y no a través del sistema TicketMaster. Cuando no había que pagar recargo para ver al más grande de todos.
¿Qué te hicieron, Colo Colo? Primero, te pusieron ruedas. Digo esto para que quienes quebraron al club no se suban por el chorro ni nos hagan creer que la solución está en llamarlos de vuelta. Gracias a ellos, hubo que venderle el alma al peor de los diablos: el poderoso caballero Don Dinero. Y como Colo Colo es un club esencialmente popular, y a la mayoría de sus seguidores lo que menos nos sobra es plata, tuvieron que venir hinchas de Universidad Católica y empresarios de derecha para comprarte y convertir en una mina de oro lo que siempre fue una mina de oro. Y llenarse los bolsillos. Y vaciar nuestro espíritu.
¿Qué te hicieron Colo Colo? Te quitaron el alma. Te transformaron en un negocio. Hoy, ya ni siquiera tienes jugadores propios en la oncena titular. Es más, ni siquiera eres capaz de formar jugadores dignos de vestir tu camiseta. Tus mejores entrenadores se han ido a los rivales. De muestra, un botón: de los que iniciaron el partido frente a Cobreloa, sólo Alvaro Ormeño se forjó en tus divisiones inferiores. El resto, todos afuerinos, desconocedores de la tradición, el raigambre y la obligación que implica vestir tu camiseta. El único que queda es Luis Mena, a quien ni siquiera han tenido la deferencia de ofrecerle el contrato vitalicio que se ganó a punta de sacrificio, respeto y amor por nuestros colores.Para mí, en Colo Colo deberían jugar 11 Luis Mena. O "Lucho" Mena y diez más. Si quieren, pongan a Esteban Paredes. Al resto, los regalo. Así de simple.
Hoy no tienes política deportiva. Lo único que les interesa a quienes te administran es vender camisetas y sumar sponsors. La gloria les da lo mismo. Si hasta para ver nuestras copas, patrimonio que no les pertenece, tenemos que pagarles. Imitan el peor modelo de todos: el del Real Madrid: compran nombres. Figuritas, pero de yeso. Y desde el otro lado de la trinchera se ríen de ti y se comparan con el Barcelona. Otra exageración, pero con algo de certeza: es un modelo que ha demostrado con creces su sustentablidad, ya que los conceptos macroeconómicos le gustan tanto a los gerenciadores de nuestros sueños.
¿Qué hacemos por ti, Colo Colo? Tratar de recuperarte. Esto no da para más. Sumar miles de socios, fortalecer la Corporación, buscar nuevos líderes, golpear la mesa y, quién sabe, hasta cuestionar e interrumpir el contrato de concesión que hoy parece ser lo único "eterno" para un club que, a pesar de todo, para mí -y para millones de chilenos- sigue y seguirá siendo, por siempre, el "Eterno Campeón".
Empiezan a surgir, espontáneamente, algunos de los nombres que forjaron la identidad del colocolino. Por supuesto que hay más: desde David Arellano y el "Tigre" Sorrel hasta el "Chamaco" Valdés y el "Chino" Caszely. Desde el "Gringo" Neff hasta el "Cóndor" Rojas y el "Gato" Osbén. Cómo olvidar, por cierto, al curicano Luis Hernán Alvarez, mi entrenador en una escuela de fútbol del club, y el goleador histórico en un Campeonato Nacional con sus 37 conquistas. Todos nombres que escribieron, a punta de goles, identidad, títulos y amor por la camiseta, una historia gloriosa.
Que lejos parecen esos tiempos. Y no lo son tanto. Si era en la década pasada cuando al Monumental se podía entrar como quien iba a su casa. Cuando ser socio -aún guardo mi carné con el número 57.755, que dejé de pagar cuando Peter Dragicevic y el 'Guatón Vergara postularon a la directiva, por lo que me jacto de ser visionario- era importante y la cuota apenas sobrepasaba los tres mil pesos. Cuando la entrada a galería costaba mil quinientos pesos y se organizaban grandes celebraciones para los que estábamos registrados y, cada fin de año, nos mandaban una tarjeta de Navidad. Cuando las entradas para los partidos históricos se compraban después de una larga fila en nuestra sede de Cienfuegos 41 y no a través del sistema TicketMaster. Cuando no había que pagar recargo para ver al más grande de todos.
¿Qué te hicieron, Colo Colo? Primero, te pusieron ruedas. Digo esto para que quienes quebraron al club no se suban por el chorro ni nos hagan creer que la solución está en llamarlos de vuelta. Gracias a ellos, hubo que venderle el alma al peor de los diablos: el poderoso caballero Don Dinero. Y como Colo Colo es un club esencialmente popular, y a la mayoría de sus seguidores lo que menos nos sobra es plata, tuvieron que venir hinchas de Universidad Católica y empresarios de derecha para comprarte y convertir en una mina de oro lo que siempre fue una mina de oro. Y llenarse los bolsillos. Y vaciar nuestro espíritu.
¿Qué te hicieron Colo Colo? Te quitaron el alma. Te transformaron en un negocio. Hoy, ya ni siquiera tienes jugadores propios en la oncena titular. Es más, ni siquiera eres capaz de formar jugadores dignos de vestir tu camiseta. Tus mejores entrenadores se han ido a los rivales. De muestra, un botón: de los que iniciaron el partido frente a Cobreloa, sólo Alvaro Ormeño se forjó en tus divisiones inferiores. El resto, todos afuerinos, desconocedores de la tradición, el raigambre y la obligación que implica vestir tu camiseta. El único que queda es Luis Mena, a quien ni siquiera han tenido la deferencia de ofrecerle el contrato vitalicio que se ganó a punta de sacrificio, respeto y amor por nuestros colores.Para mí, en Colo Colo deberían jugar 11 Luis Mena. O "Lucho" Mena y diez más. Si quieren, pongan a Esteban Paredes. Al resto, los regalo. Así de simple.
Hoy no tienes política deportiva. Lo único que les interesa a quienes te administran es vender camisetas y sumar sponsors. La gloria les da lo mismo. Si hasta para ver nuestras copas, patrimonio que no les pertenece, tenemos que pagarles. Imitan el peor modelo de todos: el del Real Madrid: compran nombres. Figuritas, pero de yeso. Y desde el otro lado de la trinchera se ríen de ti y se comparan con el Barcelona. Otra exageración, pero con algo de certeza: es un modelo que ha demostrado con creces su sustentablidad, ya que los conceptos macroeconómicos le gustan tanto a los gerenciadores de nuestros sueños.
¿Qué hacemos por ti, Colo Colo? Tratar de recuperarte. Esto no da para más. Sumar miles de socios, fortalecer la Corporación, buscar nuevos líderes, golpear la mesa y, quién sabe, hasta cuestionar e interrumpir el contrato de concesión que hoy parece ser lo único "eterno" para un club que, a pesar de todo, para mí -y para millones de chilenos- sigue y seguirá siendo, por siempre, el "Eterno Campeón".
jueves, 24 de noviembre de 2011
El profe Vega y la clase de Música
Lo que sé de Música se lo debo al profe David Vega. Lo conocí en Cuarto Básico, cuando me cambiaron de colegio. Siempre he pensado que fue el mejor profesor que tuve. Lejos, es al que más recuerdo y del que guardo los mejores recuerdos.
Hasta hoy, Vega sigue siendo un ejemplo de la verdadera vocación pedagógica. Sus clases abrían con un chiste. Todos estábamos autorizados para contar uno. Era una gran muestra de confianza y nadie sobrepasaba los límites de lo permitido. Ese trámite llevaba cinco minutos. Había que relajarse, porque el siguiente era sacar una hoja y responder un control con nota. Nadie reclamaba.
Pero cuando más disfrutaba el profe Vega era en las clases de Educación Musical, su especialidad. Su requisito inicial era que nadie podía llegar sin su flauta dulce de marca Hohner. No servía ninguna otra. A decir verdad, la diferencia de sonido con cualquier alternativa sigue siendo notoria.
Gracias al profe Vega aprendí a tocar el "Caballito Blanco". Toda una hazaña cuando recién se cumplen nueve años. El proceso continuó con una larga lista de melodías infantiles -en los cumpleaños me lucía con el Happy Birthday- y culminó, años después, con algunas piezas clásicas como la Sinfonía 40 de Mozart y otros hits populares como Yesterday, de los inmortales The Beatles, entre varios otros. Hoy intento enseñárselos a mis primos más chicos. Y hacerles entender que deben aprender a leer música. "Tocar de oído no sirve", nos decía el profe.
Con el profe Vega también aprendí a tocar guitarra. Unos valsesitos chilotes fueron las primeras lecciones. Con dos notas -LaM y MiM- para no complicarse la existencia. Me enseñó, por ejemplo, que las cuerdas debían ser bien presionadas, que luego los dedos se iban a endurecer y que bajo ellos debía pasar un lápiz. También que el rasgueo se ejecuta por la boca del instrumento. Así se le saca mejor sonido.
Un compañero de un curso mayor me enseñó "Adiós General", de Sol y Lluvia, en esos tiempos en que cantar cualquier cosa contra Pinochet podía significar la desaparición de la faz de la tierra. El profe nos pedía que bajáramos el volúmen. Nuestra gracia le podía costar la pega. Pero seguimos con Los Prisioneros y todo lo que sirviera para protestar. Si hasta a "El Africano", de Pachuco, le cambiábamos la letra: "Mami,. ¿qué será lo que quiere el Negro?: ¡Que se vaya Pinochet!". Desde esa época que no paro.
Gracias al profe Vega, pasar Educación Musical en la Enseñanza Media fue un trámite. Mi único promedio 7. Todo lo que me pedían, ya lo había hecho. Incluso cantar. ¡Si hasta me mandaron a un concurso comunal representando a mi liceo!. Debe ser uno de mis mejores recuerdos. Hoy, cada vez que canto en algún karaoke, me acuerdo de esos primeros pasos. Jamás le faltaría el respeto a la música. Si lo hiciera, sentiría que se lo estaría faltando también al profe.
Por eso, cuando escuché que Felipe Bulnes -el ministro de las "grandes" ideas y mejores ofertones- terminaría con las horas de Educación Musical y Artística de los colegios, no pude evitar acordarme de él y de lo mucho que me sirvió su enseñanza. La aberración que quiere cometer este gobierno sólo tiene una explicación: ya se dieron cuenta de que otra cosa era con guitarra. Y, como no se la pudieron con ella, tienen que hacerla desaparecer. Yo quiero que en Chile haya muchos más profes Vega. Y que la música no pare. Jamás.
Hasta hoy, Vega sigue siendo un ejemplo de la verdadera vocación pedagógica. Sus clases abrían con un chiste. Todos estábamos autorizados para contar uno. Era una gran muestra de confianza y nadie sobrepasaba los límites de lo permitido. Ese trámite llevaba cinco minutos. Había que relajarse, porque el siguiente era sacar una hoja y responder un control con nota. Nadie reclamaba.
Pero cuando más disfrutaba el profe Vega era en las clases de Educación Musical, su especialidad. Su requisito inicial era que nadie podía llegar sin su flauta dulce de marca Hohner. No servía ninguna otra. A decir verdad, la diferencia de sonido con cualquier alternativa sigue siendo notoria.
Gracias al profe Vega aprendí a tocar el "Caballito Blanco". Toda una hazaña cuando recién se cumplen nueve años. El proceso continuó con una larga lista de melodías infantiles -en los cumpleaños me lucía con el Happy Birthday- y culminó, años después, con algunas piezas clásicas como la Sinfonía 40 de Mozart y otros hits populares como Yesterday, de los inmortales The Beatles, entre varios otros. Hoy intento enseñárselos a mis primos más chicos. Y hacerles entender que deben aprender a leer música. "Tocar de oído no sirve", nos decía el profe.
Con el profe Vega también aprendí a tocar guitarra. Unos valsesitos chilotes fueron las primeras lecciones. Con dos notas -LaM y MiM- para no complicarse la existencia. Me enseñó, por ejemplo, que las cuerdas debían ser bien presionadas, que luego los dedos se iban a endurecer y que bajo ellos debía pasar un lápiz. También que el rasgueo se ejecuta por la boca del instrumento. Así se le saca mejor sonido.
Un compañero de un curso mayor me enseñó "Adiós General", de Sol y Lluvia, en esos tiempos en que cantar cualquier cosa contra Pinochet podía significar la desaparición de la faz de la tierra. El profe nos pedía que bajáramos el volúmen. Nuestra gracia le podía costar la pega. Pero seguimos con Los Prisioneros y todo lo que sirviera para protestar. Si hasta a "El Africano", de Pachuco, le cambiábamos la letra: "Mami,. ¿qué será lo que quiere el Negro?: ¡Que se vaya Pinochet!". Desde esa época que no paro.
Gracias al profe Vega, pasar Educación Musical en la Enseñanza Media fue un trámite. Mi único promedio 7. Todo lo que me pedían, ya lo había hecho. Incluso cantar. ¡Si hasta me mandaron a un concurso comunal representando a mi liceo!. Debe ser uno de mis mejores recuerdos. Hoy, cada vez que canto en algún karaoke, me acuerdo de esos primeros pasos. Jamás le faltaría el respeto a la música. Si lo hiciera, sentiría que se lo estaría faltando también al profe.
Por eso, cuando escuché que Felipe Bulnes -el ministro de las "grandes" ideas y mejores ofertones- terminaría con las horas de Educación Musical y Artística de los colegios, no pude evitar acordarme de él y de lo mucho que me sirvió su enseñanza. La aberración que quiere cometer este gobierno sólo tiene una explicación: ya se dieron cuenta de que otra cosa era con guitarra. Y, como no se la pudieron con ella, tienen que hacerla desaparecer. Yo quiero que en Chile haya muchos más profes Vega. Y que la música no pare. Jamás.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Providencia, altura del 666
Analizar a Cristián Labbé es un contrasentido de sólo proponérselo.Cada una de sus actuaciones ofrece un nuevo elemento para concluir lo que podría provenir perfectamente de un antejuicio: el alcalde de Providencia -oh paradoja el nombre de la comuna que lidera- es un personaje siniestro. Infinitamente siniestro
Sí. Es #labbestia, como hace un tiempo lo denominaron en Twitter. En otras palabras, el coronel (R) Cristián Labbé ni siquiera resiste juicio. En su caso, se pasa directamente a la más enérgica condena.
Tan diabólico es que no me extraña que le haya surgido la idea y la necesidad de homenajear a un militar -ellos mismos dicen que la condición nunca se pierde, así que les voy a dar en el gusto- como Miguel Krassnoff, condenado por violaciones a los Derechos Humanos.
De un ex instructor de la DINA no se puede esperar otra cosa más que el desapego absoluto por la naturaleza humana. Una persona que llega a ocupar una posición ventajosa para reprimir, torturar y matar es, por definición, un desnaturalizado.
"No quiero que, en Chile, el que piensa distinto, sea aplastado", declaró el muy carerraja después de la masiva "funa" a su acto. Pues bien, le recuerdo que, desde 1973 y hasta 1989, en este país el que pensaba distinto no sólo era aplastado, sino también fusilado, degollado o quemado por los mismos a quienes Labbé rinde pleitesía, vaya saber uno a razón de qué. Basta revisar archivos, algunos libros o, si se quiere ahorrar la pega -o las horas de Historia, como se le ocurrió a algún ministro de Educación del gabinete de Piñera- ver la brillante serie Los 80. Ahí se lo dejan clarito.
"No se puede permitir que una minoría tenga de rodillas al país", agregó el muy suelto de cuerpo. No sé de qué minoría habla. La condena a su maldito homenaje fue tan mayoritaria que incluso los que ayer fueron sus aliados, pero hoy sufren de una fulminante amnesia, optaron por un dudoso silencio. Porque, en el fondo, quizás compartan la idea, pero luego calcularon que salir a apoyarla les puede costar quedar debiendo puntos en las próximas encuestas.Y eso les duele más que hacerle la desconocida a un monstruo que hoy está más cerca de convertirse en una cruel caricatura.
Sí. Es #labbestia, como hace un tiempo lo denominaron en Twitter. En otras palabras, el coronel (R) Cristián Labbé ni siquiera resiste juicio. En su caso, se pasa directamente a la más enérgica condena.
Tan diabólico es que no me extraña que le haya surgido la idea y la necesidad de homenajear a un militar -ellos mismos dicen que la condición nunca se pierde, así que les voy a dar en el gusto- como Miguel Krassnoff, condenado por violaciones a los Derechos Humanos.
De un ex instructor de la DINA no se puede esperar otra cosa más que el desapego absoluto por la naturaleza humana. Una persona que llega a ocupar una posición ventajosa para reprimir, torturar y matar es, por definición, un desnaturalizado.
"No quiero que, en Chile, el que piensa distinto, sea aplastado", declaró el muy carerraja después de la masiva "funa" a su acto. Pues bien, le recuerdo que, desde 1973 y hasta 1989, en este país el que pensaba distinto no sólo era aplastado, sino también fusilado, degollado o quemado por los mismos a quienes Labbé rinde pleitesía, vaya saber uno a razón de qué. Basta revisar archivos, algunos libros o, si se quiere ahorrar la pega -o las horas de Historia, como se le ocurrió a algún ministro de Educación del gabinete de Piñera- ver la brillante serie Los 80. Ahí se lo dejan clarito.
"No se puede permitir que una minoría tenga de rodillas al país", agregó el muy suelto de cuerpo. No sé de qué minoría habla. La condena a su maldito homenaje fue tan mayoritaria que incluso los que ayer fueron sus aliados, pero hoy sufren de una fulminante amnesia, optaron por un dudoso silencio. Porque, en el fondo, quizás compartan la idea, pero luego calcularon que salir a apoyarla les puede costar quedar debiendo puntos en las próximas encuestas.Y eso les duele más que hacerle la desconocida a un monstruo que hoy está más cerca de convertirse en una cruel caricatura.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Juicio y castigo
No nos hagamos los giles. Llegar atrasado a la pega forma parte de la cultura del chileno. Que levante la mano el que nunca le ha hecho el quite a marcar tarjeta en el reloj de entrada. Y que no se esconda el que apareció cualquier lunes en la oficina al más puro estilo Canitrot: con cara de cumpleaños, gafas y saludando de lado para que no le notaran el aliento. Pasen de a uno, por favor.
Seguramente, son los mismos a quienes les bajó el ataque de moralidad y, apenas se enteraron del acto de indisciplina que protagonizaron Jorge Valdivia y cuatro invitados al bautizo de su heredero, exigieron las penas del infierno para los involucrados.Son los discípulos del padre Gatica. Ya saben por qué.
El "Mago" y sus amigotes deben recibir un castigo. Pero me apesta escuchar la petición acompañada del adjetivo "ejemplarizador". La experiencia -sobre todo en el fútbol- indica que las sanciones de esa magnitud terminan en perdonazos directamente proporcionales. Pedidos por los mismos recepcionistas del averno.
Recuerden, por ejemplo, la letra chica que contenía la sentencia posterior al Puerto Ordazo. La original decía "20 partidos internacionales de la Selección Nacional". Y debajito, la aclaración "apelables en la mitad del castigo". Un veredicto fríamente calculado: el acápite permitía el regreso oportuno del entonces volante del Al-Ain para los partidos que iniciaban el exitoso proceso que terminó con el Chile de Bielsa -como a las viudas del rosarino les gusta presumir- en el Mundial de Sudáfrica.
La frase es de otra época, pero yo pido juicio y castigo a los culpables. A diferencia de esa era aciaga en nuestra historia republicana, alzo la voz para solicitar un juicio justo y un debido proceso. No como en 2007, cuando a Valdivia, Reinaldo Navia, Jorge Vargas, Pablo Contreras, Rodrigo Tello y Alvaro Ormeño los sometieron al escarnio público y los notificaron de una sanción después de que ni siquiera tuvieran la posibilidad de prestar declaraciones para defenderse. Al último, incluso, lo amenazaron con mantenerle la sanción si persistía en su intento de lograr justicia a través de los tribunales ordinarios.
Como aquella vez, exijo que se persigan responsabilidades a todo nivel. Para que Valdivia y su pandilla salieran de la concentración, alguien debió autorizarlos. Primero, el técnico. Y después, el jefe del técnico, un dirigente que seguramente resultará impune, tal como Mayne-Nicholls después de lo que pasó en las tierras del comandante Chávez.
Ahora, si la conclusión es que hay que eliminarlos para siempre de la Selección, que no se nos suelte el cinturón cuando perdamos el tercer partido consecutivo, estemos a punto de perder la plata del curso de samba y exijamos de vuelta a Valdivia y sus partners porque los necesitamos para mantener la ilusión de disfrutar de una caipirinha en las arenas de Copacabana. Porque, en el fondo, somos todos cortados por la misma tijera.
Seguramente, son los mismos a quienes les bajó el ataque de moralidad y, apenas se enteraron del acto de indisciplina que protagonizaron Jorge Valdivia y cuatro invitados al bautizo de su heredero, exigieron las penas del infierno para los involucrados.Son los discípulos del padre Gatica. Ya saben por qué.
El "Mago" y sus amigotes deben recibir un castigo. Pero me apesta escuchar la petición acompañada del adjetivo "ejemplarizador". La experiencia -sobre todo en el fútbol- indica que las sanciones de esa magnitud terminan en perdonazos directamente proporcionales. Pedidos por los mismos recepcionistas del averno.
Recuerden, por ejemplo, la letra chica que contenía la sentencia posterior al Puerto Ordazo. La original decía "20 partidos internacionales de la Selección Nacional". Y debajito, la aclaración "apelables en la mitad del castigo". Un veredicto fríamente calculado: el acápite permitía el regreso oportuno del entonces volante del Al-Ain para los partidos que iniciaban el exitoso proceso que terminó con el Chile de Bielsa -como a las viudas del rosarino les gusta presumir- en el Mundial de Sudáfrica.
La frase es de otra época, pero yo pido juicio y castigo a los culpables. A diferencia de esa era aciaga en nuestra historia republicana, alzo la voz para solicitar un juicio justo y un debido proceso. No como en 2007, cuando a Valdivia, Reinaldo Navia, Jorge Vargas, Pablo Contreras, Rodrigo Tello y Alvaro Ormeño los sometieron al escarnio público y los notificaron de una sanción después de que ni siquiera tuvieran la posibilidad de prestar declaraciones para defenderse. Al último, incluso, lo amenazaron con mantenerle la sanción si persistía en su intento de lograr justicia a través de los tribunales ordinarios.
Como aquella vez, exijo que se persigan responsabilidades a todo nivel. Para que Valdivia y su pandilla salieran de la concentración, alguien debió autorizarlos. Primero, el técnico. Y después, el jefe del técnico, un dirigente que seguramente resultará impune, tal como Mayne-Nicholls después de lo que pasó en las tierras del comandante Chávez.
Ahora, si la conclusión es que hay que eliminarlos para siempre de la Selección, que no se nos suelte el cinturón cuando perdamos el tercer partido consecutivo, estemos a punto de perder la plata del curso de samba y exijamos de vuelta a Valdivia y sus partners porque los necesitamos para mantener la ilusión de disfrutar de una caipirinha en las arenas de Copacabana. Porque, en el fondo, somos todos cortados por la misma tijera.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Mucho más que las cosas del fútbol
Justo hace un año, Harold Mayne-Nicholls perdía la elección de la ANFP a manos de Jorge Segovia. Horas antes, Marcelo Bielsa había anunciado que dejaría la banca de la Selección Nacional si en las urnas se imponía el entonces presidente de Unión Española y propietario de la Universidad SEK, cuya figura quedó satanizada en su máxima expresión tras la partida del venerado entrenador rosarino. De hecho, Lucifer anduvo cotizando arriendo. El infierno tenía dueño.
Subyacía en la amenaza del "Loco" la abierta diferencia de concepción respecto de cómo manejar el fútbol, devenido en negocio, y la vida, en serio peligro de transformarse en una mercancía cuyo principal valor -para algunos- parece ser el monto de la cuenta corriente. En la lista incluyan a casi todos los ilustres personajes que hoy nos gobiernan.
El recuerdo no es casual. Por esos días, se instaló en la agenda pública la discusión acerca del lucro en la educación, a propósito de la incompatibilidad de funciones del empresario español. Se cuestionaba la indesmentible relación comercial entre Unión Española y la Universidad SEK y se explicaba que la Casa de Estudios era una "corporación de derecho privado sin fines de lucro", un concepto tan internalizado por estos días que no hace falta ser erudito en Derecho para considerarlo familiar.
Hoy conversaba con un profesor universitario y, sin saber que se conmemoraba la fecha, le comentaba que, a partir de los comicios en Quilín, comencé a entender el "negociado" que había detrás de la educación. Que la expresión "sin fines de lucro" como apellido para "universidad o colegio privado" me parecía un mero tecnicismo y que hasta consideraba legítimo aspirar a obtener utilidades en ellos, como en cualquier ocupación o negocio. El problema se me genera cuando la intentan disfrazar y, más aún, cuando se transforma derechamente en usura.
A propósito del didáctico Caso Segovia entendí, además, cómo lo hacían los dueños una entidad aparentemente filantrópica -como la Universidad SEK- para burlar el sistema y obtener ganancias. Y la respuesta era simple: a través de otra -el Colegio SEK- le arrendaban inmuebles y le prestaban servicios. En buen chileno, se cambiaban groseramente la plata de bolsillo.
La pelea por el control del balompié se perdió a manos de los empresarios. Hoy, son los dueños de la pelota quienes manejan el negocio a su regalado antojo. Si algo no les gusta, hasta podrían llevársela para la casa, cual niño taimado al que no le dejan seguir metiendo goles. Pero el partido por la educación aún no termina. Quizás queden los descuentos. Pero, en este desafío, hay en juego mucho más que las simples "cosas del fútbol".
Subyacía en la amenaza del "Loco" la abierta diferencia de concepción respecto de cómo manejar el fútbol, devenido en negocio, y la vida, en serio peligro de transformarse en una mercancía cuyo principal valor -para algunos- parece ser el monto de la cuenta corriente. En la lista incluyan a casi todos los ilustres personajes que hoy nos gobiernan.
El recuerdo no es casual. Por esos días, se instaló en la agenda pública la discusión acerca del lucro en la educación, a propósito de la incompatibilidad de funciones del empresario español. Se cuestionaba la indesmentible relación comercial entre Unión Española y la Universidad SEK y se explicaba que la Casa de Estudios era una "corporación de derecho privado sin fines de lucro", un concepto tan internalizado por estos días que no hace falta ser erudito en Derecho para considerarlo familiar.
Hoy conversaba con un profesor universitario y, sin saber que se conmemoraba la fecha, le comentaba que, a partir de los comicios en Quilín, comencé a entender el "negociado" que había detrás de la educación. Que la expresión "sin fines de lucro" como apellido para "universidad o colegio privado" me parecía un mero tecnicismo y que hasta consideraba legítimo aspirar a obtener utilidades en ellos, como en cualquier ocupación o negocio. El problema se me genera cuando la intentan disfrazar y, más aún, cuando se transforma derechamente en usura.
A propósito del didáctico Caso Segovia entendí, además, cómo lo hacían los dueños una entidad aparentemente filantrópica -como la Universidad SEK- para burlar el sistema y obtener ganancias. Y la respuesta era simple: a través de otra -el Colegio SEK- le arrendaban inmuebles y le prestaban servicios. En buen chileno, se cambiaban groseramente la plata de bolsillo.
La pelea por el control del balompié se perdió a manos de los empresarios. Hoy, son los dueños de la pelota quienes manejan el negocio a su regalado antojo. Si algo no les gusta, hasta podrían llevársela para la casa, cual niño taimado al que no le dejan seguir metiendo goles. Pero el partido por la educación aún no termina. Quizás queden los descuentos. Pero, en este desafío, hay en juego mucho más que las simples "cosas del fútbol".
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